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Nuestra Historia

Todo empezó con un susto en la calle

Mi madre me tuvo con 42 años, mi padre con 57. Crecí sabiendo que el tiempo con ellos era distinto: más corto, más valioso. Ella es todo para mí, quien me dio la vida y me sacó adelante pese a la falta temprana de mi padre. Es lo único que me queda, y daré mi vida por ella al igual que ella hizo por mí.

Todo empezó con una caída en la calle. Una tontería, le quitamos importancia. «Tropecé, estoy bien», dijo. Pero ese día algo cambió. Apareció el miedo. En su vida y en la mía.

A partir de ahí, el tiempo entre una caída y otra se acortaba cada vez más, al contrario que mis nervios, que iban en aumento. En casa, en el baño, contra los muebles: veía que en ciertos lugares se repetían las caídas. Y lo peor, en situaciones cotidianas que no hay forma de evitar para mantenerla a salvo. Quien ha pasado por esto lo entiende bien.

Aprendí a dormir con un oído puesto. Cada estruendo me paraba el corazón. Llegaba corriendo y allí estaba: en el suelo, a veces con sangre. Levantarla, parar la hemorragia, ir al hospital. Y volver a empezar al día siguiente.

Dejé de salir. Dejé todo para cuidarla y estar cerca el máximo tiempo posible, pero es inevitable: en el día a día hay responsabilidades y actividades que obligan a dejarla sola, así que limitaba al máximo esos momentos. Mi percepción era que, cuando yo no estaba, ella se ponía más nerviosa y se caía más veces en esos breves espacios de tiempo que cuando estaba conmigo. Pero eso, extendido en el tiempo, si no sabes dominar la mente —al ser una situación nueva, inesperada, sin preparación ni conocimiento— te termina superando. Yo no podía vivir. Ella no podía vivir.

A raíz de eso, y coincidiendo con un día en que yo tenía que salir sí o sí, con mi preocupación cada vez más en aumento, se me ocurrió dejarle mi casco de bici. «Toma, mamá, póntelo». No le hizo gracia. Le insistí: «Por favor, que no puedo irme tranquilo así... si te caes, al menos no te abres la crisma».

Y, efectivamente, esa misma tarde lo estrenó: se cayó contra unas sillas de madera. Sin el casco habría sido grave. Con el casco, solo un susto.

Gracias a esa caída y a la efectividad del casco, esa noche volví a dormir relajado y más tranquilo. Y, después de un tiempo, al ver que la había protegido de un buen golpe, ella lo aceptó como suyo y empezó a usarlo en sus tareas por la casa. Lo mantuvimos así un tiempo, hasta que conseguí crear SafeSeniors.

Un casco de bici no estaba pensado para ella: era incómodo, llamaba la atención en la calle. Pero sirvió en casa y fue la llave de la tranquilidad. Busqué con ahínco en ortopedias, tiendas de deporte, grandes almacenes y marketplaces algo que fuera realmente útil, y descubrí con asombro que lo que ofrecían era una castaña: diseño malo, aparatosos, feos y endebles, que ni siquiera cumplían medianamente su función. Otros, a un precio elevadísimo, casi prohibitivo. Así que lo pensé, lo estudié, lo evalué, y vi que tenía que crear algo mejor: un protector con garantías, inspirado en los protectores de deportistas de élite, reduciendo el volumen sin perder calidad ni seguridad en la protección, y rediseñado ligero, discreto y cómodo.

Algo que ella aceptara llevar, que yo pudiera testear y comprobar su utilidad, y que sirviera para ayudar a otras familias: ofrecer un protector eficaz que devolviera la calma a familias como la mía.

No vendo cascos, ni protectores... Vendo tranquilidad. Eso que yo necesitaba noche tras noche: poder volver a dormir sabiendo que, si ocurre lo inevitable, el daño será menor.

— Gabino, fundador de SafeSeniors

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