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El día que entendí que no podía estar en dos sitios a la vez

El día que entendí que no podía estar en dos sitios a la vez

Llevo cuatro, cinco años cuidando a mi madre. No lo cuento con exactitud —ya ni lo pienso así, se convierte en tu vida normal y ya está.

En algún punto de estos años vi que el miedo empezaba a avanzar de verdad. Primero fueron las caídas, más seguidas que antes. Luego, dejar de querer salir. Luego, quedarse metida en casa como quien se encierra sin comerlo ni beberlo. Y con eso, la rigidez de pasar el día sentada o en la cama, sin apenas moverse.

El miedo también la bloqueaba a ella

Empecé a ver que cosas de lo más normales, el miedo se las bloqueaba. Levantarse del sillón. Cruzar el pasillo. Todo pasaba por el mismo filtro: ¿y si me caigo otra vez?

Le decía: «Mamá, no hay que volverse torpe por hacerse mayor. Antes hacías las cosas sin pensar; ahora tienes una edad, y toca ser metódica en los pasos. No levantarte de golpe. No salir corriendo porque suena el teléfono o llaman a la puerta».

Y esto último me sacaba de quicio con sus amigas, literalmente: en cuanto llamaban o se acercaban a la puerta, ella lo dejaba todo y salía corriendo a atender. Y ahí es donde pasaba: un movimiento brusco, sin pensarlo, por una visita o una llamada que podía esperar perfectamente diez segundos.

Pero ella siempre fue de ese carácter: del tipo «te vas a caer», «te vas a no sé qué» —se lo decía a los demás, era su forma de ser. Y en algún momento ese mismo pensamiento saltó de decirlo a otros a aplicárselo a ella misma. Y ahí se fue anulando, entre el miedo y el no saber bien qué podía pasar de verdad y qué no. No tanto lo que le pasaba, sino lo que ella misma pensaba que iba a pasar, mezclado con no tener la información real para calibrarlo.

Y entonces llegaba yo, y necesitaba salir

Necesitaba salir. Hacer una compra. Resolver un recado. Algo normal.

Pero cada vez que cerraba la puerta sentía la misma preocupación.

¿Y si pasa algo mientras no estoy? ¿Y si justo hoy se cae?

Ese miedo tiene nombre propio, y es otra historia —la de ese golpe seco que te hace salir corriendo.

Y pasaba, de verdad. Salía, y cuando volvía me la encontraba con heridas. Alguna vez, hasta con sangrado. No lo cuento para dramatizar —pasó, más de una vez.

Durante un tiempo intenté tenerlo todo atado, todo controlado al milímetro, para que ella no tuviera que improvisar nada mientras yo no estaba. Pensaba que si dejaba todo previsto, nada se salía de madre.

Pero me di cuenta de algo: pensar en ella en esos momentos era pensar directamente en lo peor. Pensar en el fallo. Y ese fallo, en mi cabeza, siempre iba a la cabeza —literalmente. No pensaba en un golpe en el brazo, ni en la cadera. Pensaba en la cabeza.

Entender que primero tengo que estar bien yo

Y llegó un punto en que entendí algo más importante todavía: si seguía así, me iba a volver loco. Y el primero tiene que estar bien soy yo. Si yo no estoy bien, no puedo cuidarla a ella. Por mucho que quisiera controlarlo todo, si me rompía yo por el camino, no le servía de nada a nadie.

Ese miedo no se quedaba solo en los minutos que estaba fuera. Me seguía hasta la cama, de noche, dando vueltas a lo mismo una y otra vez.

No puedes estar en dos sitios a la vez. Nadie puede. Y menos aún si tú mismo te has roto por intentarlo.

Cuando conseguí el protector, algo cambió de verdad

Cuando por fin le puse el protector, lo que cambió no fue la edad —eso sigue avanzando, no lo para nadie. Lo que cambió fue el miedo. Y, sobre todo, cambió el resultado de las caídas.

Seguía habiendo alguna caída, porque eso no lo evita nada al cien por cien. Pero ya no eran lo mismo. El golpe llegaba amortiguado, y eso se notaba en cómo la encontraba al llegar a casa.

Si tengo que ponerle un número, por mi propia experiencia —no es un estudio, es lo que he vivido—, diría que el daño de cada caída se redujo alrededor de un 90% comparado con antes. Sigue sin gustarme que se caiga, eso no cambia nunca. Pero ahora el después es otra cosa: «Ayudáme a levantarme, que me caí». «Bueno, ¿y la cabeza, y eso?». «Nada, nada, no me duele nada».

El casco cumplió con creces. No porque evitara que se cayera —eso nunca lo prometí, ni me lo prometí a mí mismo—, sino porque cambió lo que pasaba después de la caída.

Lo que hago antes de cerrar la puerta

No elimina el miedo del todo, pero ayuda a que salir no se sienta como una ruleta rusa —y a que yo también pueda respirar:

✔ Dejarle el móvil o el botón de teleasistencia a mano, no en otra habitación
✔ Avisar a un vecino o familiar cercano si el recado va a llevar más de lo normal
✔ Despejar el camino a los sitios donde se mueve sola —baño, cocina, sillón— antes de salir
✔ Calcular el recado más corto posible, aunque eso signifique ir dos veces en vez de una
✔ Ponerle la protección puesta antes de salir yo, no solo cuando «toca»

Al final entendí que no podía atarlo todo. Pero sí podía hacer que, si el fallo llegaba, no fuera directo a la cabeza sin nada que lo amortigüe. El casco protector SafeSeniors nació exactamente de ahí. Para que cerrar la puerta duela un poco menos.

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